El tambor de hojalata

El tambor de hojalata son una serie de pensamientos derivados de mis experiencias en torno a la cultura. Y cuando digo cultura quiero decir practicamente todo lo que nos rodea. Cuando algo me inspira alguna reflexión, me gusta escribirlo. Normalmente lo hago en hojas sueltas o en libretas, pero ayer mismo mientras veía una exposición en la cual me surgieron muchas ideas, pensé “¿por qué no utilizo áquel wordpress que creé para una asignatura de la universidad para volcar todo esto?”. Así nace este blog, con la finalidad de expresarme, como siempre lo he hecho, pero de una manera más pública, e intentando relacionar todo con el universo de la cultura, esa palabra tan difícil de definir.
Lo que parece seguro es que viene del latín, de cultivo, de crianza. De ahí que se haya aplicado al cultivo del ser humano, al hecho de “hacerle crecer”, no físicamente sino en el alma. Esta acepción sería la referida al sentido humanista del término, a la “alta cultura”, entendida como algo beneficioso para el ser humano, que, según Jordi Busquet , aporta conocimiento, sensibilidad y elegancia. En la época del Renacimiento era una forma de diferenciar a la sociedad, de manera que todo lo que no sea cultura a su modo de ver, es cultura popular o incultura. Todavía hoy se sigue utilizando, cuando decimos “no tienes cultura” o “eres inculto”, nos referimos a una persona que obviamente tiene cultura pero no esa cultura elevada, ese cúmulo de conocimientos que te lleva a contar historias maravillosas y a contestar todas las preguntas del Trivial.
En el siglo XIX, con el nacimiento de los socialismos y las utopías, la gran revolución que se produjo fue la cultural, porque las clases bajas empezaron a reclamar el sufragio universal y el derecho a la educación. Esto provoca que la cultura se masifique y aparezca una nueva acepción de cultura: la cultura de masas, que se opone a la cultura humanista, porque simplifica y ofrece productos fáciles que no exijan una intervención intelectual alta. Walter Benjamin ya hablaba de esto cuando decía que la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica perdía su aura, su unicidad, se seriaba. Por lo tanto la cultura de masas ya no te cultiva, no te mejora como persona. Simplemente te identifica con el resto y te convierte en una masa consumidora, un borrego más del rebaño. No supone en absoluto distinción, sino identificación.

Opuestas a estas dos vertientes culturales, está la cultura popular, obrera, campesina. Es una cultura que se acerca más al sentido antropológico del término. Según Jordi Busquet, desarrolla un gusto vulgar, antiestético y austero. Está marcada por la necesidad, pues casi todas las leyendas o fiestas tienen un sentido utilitario. Durante mucho tiempo la cultura popular ha sido considerada anticultura o incultura, pero con el tiempo se ha ido reformulando el término y se ha aplicado a todas aquellas actividades “de toda la vida” desarrolladas en un pueblo. De esta manera son cultura popular los bailes como la sardana, los vestidos de huertana, sacar la silla a la puerta de casa para tomar el fresco y en general todo lo que hacían nuestros abuelos cuando el mundo no era mundo, o no era éste globalizado y aséptico al que vamos llegando sin posibilidad de marcha atrás. Por eso, frente a la cultura de consumo y de globalización, lo que se empieza a valorar ahora (entre algunos sectores de la sociedad) son las costumbres de siempre.
Dejando de lado todas estas acepciones de la palabra cultura, hay una que tal vez englobe todas, y es la cultura desde el punto de vista antropológico. Según ésta visión, todo es cultura, pues se refiere a la forma de vida en una sociedad, al contenido de la misma. Es lo que nos lleva a la humanidad, nos hace humanos. Porque si un niño nada más nacer se pierde en la selva, no adquirirá cultura, no aprenderá a comunicarse y tal vez ni siquiera a razonar ni utilizar el pulgar oponible. Por lo tanto, la cultura es adquirida, no innata, la adquieres al relacionarte con otros humanos. De esta manera, todo el mundo tiene cultura, no existe nadie sin ella porque entonces no sería humano. Desde comer con cubiertos o con las manos, vestirse o no, sentarse en sillas o en suelo, llevar joyas, hasta la música desarrollada en una sociedad, los teatros, el cine, la forma de cultivar, la arquitectura etc. Todo es cultural. Gracias a la cultura el ser humano adquiere identidad, se forma idéntico. Se introduce en una sociedad y en una cultura que le identificará con sus iguales.
Otra manera de explicar el concepto de cultura es oponiéndolo a otros términos. Como por ejemplo la oposición naturaleza-cultura. Así la cultura sería todo aquello añadido por el ser humano fuera de lo natural. Tú tienes una piedra, eso es natural, pero si esa piedra la afilas para que se convierta en un instrumento de caza es cultural. Un bosque no es cultura, lo es un jardín francés. Esta definición entraría dentro de la concepción antropológica, pues según ella cualquier forma de vida en sociedad que implique la intervención humana es cultura, superando el etnocentrismo propio de llamar “salvajes” a los indígenas de América. Otra oposición sería la de cultura-sociedad. Mientras que sociedad serían todas las prácticas sociales, económicas y políticas y sus estructuras, cultura serían todos los procesos de significación de esa sociedad, léase lenguas, rituales, decoración, costumbres, leyendas.
Así pues, al fin y al cabo, nos encontraríamos con dos acepciones principales de la palabra cultura: la etnocéntrica que entendería cultura como aquellos conocimientos añadidos que te distinguen de la masa, que normalmente implican un nivel socio-económico medio-alto para poder acceder a ellos y que diferencian entre cultos e incultos; y la antropológica, donde caben todas las formas de cultura y todo lo que convierte a un ser en humano.
Parece que en la visión etnocéntrica, occidental, salir a “hacer algo cultural” no es darse una vuelta por el pueblo o ir a ver cómo plantan lechugas, ni siquiera escuchar una banda de música del barrio o ir al río a ver cómo juegan al fútbol. Parece que en la sociedad de consumo en la que vivimos “algo cultural” sea consumir cultura. Sea pagar una entrada para el teatro, el cine (una buena película, una mala sería cultura de masas) o la ópera. ¿Seguimos en la noción elitista de cultura? ¿O es que la cultura tiene que implicar una expresión artística?
No tengo la respuesta. Simplemente en este blog voy a hablar de lo que me dé la gana.

2 pensamientos en “El tambor de hojalata

  1. Clara dice:

    Interesante esta reflexión, me quedo reflexionando sobre si lo cultural es para mí ir al cine o a una exposición (aunque sea gratis). Yo creo que la palabrita es más que eso, sí, y comprende todo lo que te haga comprender, cuestionar y reafirmar o no este mundo en el que vivimos y el micro-mundo de tu personalidad. En el fondo creo que sentirse o tildarte de culto es prepotente.

  2. Javier dice:

    Javier dice:
    A mi también me parece interesante y culta, aunque comprendo que Clara diga que es prepotente sentirse culto. Con lo que llevo recorrido de vida creo que la cultura es casi todo lo que nos rodea, incluida la contracultura como se puso de moda en los años 60 y 70 de siglo XX. Como escribió Faustino Cordón en su libro ” Cocinar hizo al hombre”, hasta el arte de de elaborar una buena materia prima es cultura.
    Por eso me parece que la cultura no es algo que se haya definido con el paso de los años. Qué es cultura: la cultura de la calle, la cultura de las universidades, o de los foros de personas ilustres o es ese afán por conocer todo lo que se nos eche para poder discernir lo que para mí es bueno de lo que no lo es?, lo cual no quiere decir que me convierta en arbitro de la cultura sino que pienso que no estoy preparado para digerir la música o un libro o una escultura o una pintura…..

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