Archivos Mensuales: diciembre 2012

Enhorabuena

De acuerdo, lo han conseguido. Después de mucho esfuerzo, muchos golpes, muchos actos sin sentido, han conseguido lo que querían: que odiemos nuestra tierra, que la detestemos tanto que no nos importe abandonarla para no volverla a ver, que incluso nos importe poco lo que hagan con ella, sea destruirla llenándola de cemento o poblándola de personas sin escrúpulos. Ya nos da igual. Entendemos tan poco de lo que viene sucediendo desde hace unos años, con tanto bombardeo informativo deprimente, que nos han convertido en nihilistas sin raíces, en ciudadanos asépticos y sin corazón, en humanos que sólo buscan sobrevivir donde sea y como sea. En animales sin sueños, sólo con instintos. Enhorabuena. Esta tierra se ha transformado en lo que buscaban, ya nada importa. En  una tierra al servicio del capital y de la banca, poco importa la familia que viva dentro de una casa porque si no paga se va a la calle. Me gusta pensar que hubo tiempos mejores donde éramos más personas que dinero. No sé si me engaño con esto. ¿Estaremos sumidos en otra doctrina del shock?.

Cinema Roma

Hace tiempo que me habían hablado del Cinema Roma de L’Alfàs del Pi, en Alicante. Me lo habían descrito como un cine con corazón (creo que antes de los multiplex, todos se caracterizaban por poseer algún tipo de órgano humano), llevado con pasión por tres hermanos amantes del cine que no ganaban mucho con él (recordemos que está situado en una pequeña localidad de la costa levantina muy cercana a Benidorm, donde abunda más el interés por los altos edificios, las discotecas y el consumo que por las artes y la cultura). Me contaron que estos hermanos estaban empeñados en ofrecer un cine de calidad al pueblo, y hasta me dijeron que eran ellos los propulsores del Festival de Cine de L’Alfàs del Pi, celebrado en el mes de julio.

Pues bien, por fin he podido comprobar por mi misma cuánto de verdad había en estas historias contadas. Y he de decir que no me ha decepcionado, sino que me ha hecho soñar, volver al pasado e imaginar un momento mejor en el cual a los cines se iba andando, incluso sin planificar, el contacto con el público era directo, la gente se quedaba hasta el final de los créditos y se despedían del dueño del cine comentando la película.

Para empezar, me ha sorprendido gratamente ver que el precio de la entrada normal era de 4,50€, 3,50€ los miércoles, día del espectador (frente a los 8€ que pagué el día anterior en unos multicines). Sólo ofrecen dos sesiones por día, y en la puerta cuelgan los carteles de las películas proyectadas con los recortes pertinentes de sinopsis y ficha técnica pegados al lado, lo cual indica, entre otras cosas, una especial sensibilidad hacia el público. Al entrar, un hombre (debía ser uno de los hermanos) muy familiarmente nos ha cobrado. Le preguntamos por las empanadas que nos habían dicho que solían dar para la proyección y va corriendo a buscarlas a la panadería. Además, con el otro hombre que hay habla en valenciano: empanadillas y lengua vernácula, buena combinación.

El hall está forrado de carteles de películas antiguas, los baños sucios (¡fuera el asepticismo de los multicines! esto nos revela que allí ha pasado gente antes que tú, incluso que la anterior fue una gran noche), no hay palomitas. Cuando finalmente entramos en la sala de proyección (sólo hay una) suena una ópera, lo que de nuevo lleva a pensar en un cine con corazón, con personalidad propia, detrás del cual hay humanos con gustos y afinidades, que de alguna manera quieren estampar una impronta en su local. Cuando pasan el film, en algún momento podemos ver las perforaciones de la cinta, algo entrañable, porque es la diferencia de ver una película en el sofá de tu casa y verla en el cine: lleva a entender la realidad que se está viviendo. No hay anuncios, se apagan las luces, y la película, aunque bien escogida, es lo de menos. Porque una se siente bien, acogida en un lugar con alma, de los que, por desgracia, van quedando pocos.