Archivos Mensuales: noviembre 2011

De museos y vals musette

A propósito de cultura, me hallo reflexionando sobre diferencias culturales a lo largo de las fronteras a raíz de un pensamiento que me acechó mientras me encontraba en un bar de una ciudad francesa, en el que había gente de todas las edades bailando en parejas vals musette al ritmo de una rubia que tocaba el acordeón: qué diferentes son todos los países de Europa, y del mundo. En Portugal, Reino Unido o Grecia esta escena sería de lo más extraña, en cambio en Francia responde exactamente a la idea que tenemos de un bar francés.

Cambiando de tercio, otra particularidad que tiene Francia es que en cualquier ciudad, por pequeña que sea, hay un museo de Bellas Artes o de arte moderno o de lo que sea. Es el país de la cultura por excelencia, lo cual es de envidiar.

No me considero una defensora a ultranza de las instituciones museísticas, de hecho, me cansan y hasta a veces me aburren, principalmente por la concepción de museo estático, mero exhibidor de obras, sin finalidad educadora ni recreativa. A veces he visto una sala y pasado por delante de todas las obras, sin embargo al final me he dado cuenta de que hay cuadros que ni siquiera he visto, como cuando escuchas una canción y no tienes ni idea de lo que habla la letra. Pero esto ya lo decían a principio del siglo XX Vlaminck y otros: “Brûler les musées!” (quemar los museos) coreaban, y se referían a que era necesario menear las instituciones vinculadas al arte para que abrieran los ojos.

Me gustaría, más que echarle la culpa al espectador, echársela a los directores de los museos. Como ejemplo, el de la distribución de las últimas salas del Musée des Beaux-Arts de Reims, en las cuales no hay más que una cantidad exagerada de obras apiladas, unas encimas de otras, sin orden ni concierto. Y aunque algunas sean muy buenas, el espectador, al verlas de esa manera, se abruma y colapsa. En realidad es complicado porque tampoco estoy de acuerdo con dotar de un aura desmesurado a una obra, como pasa con la Mona Lisa.

Al final toda virtud está en el término medio, y en tener un poco de sensibilidad, que muchas veces escasea. El concepto de ecomuseo es sensible porque pretende precisamente esto, integrar el museo en el territorio donde se encuentra, salirse de la institución hierática que normalmente le ha caracterizado y entregarse al pueblo, para informar, educar y progresar. De esta manera, son de valorar las iniciativas de algunos museos como el Musée d’Art Moderne de Troyes, una ciudad francesa de aproximadamente 60 000 habitantes, cuyo museo, aunque no sea, ni de lejos, un modelo de ecomuseo, intenta ofrecer un servicio a la sociedad con un pequeño taller para niños y adultos y paneles explicativos de cada movimiento artístico por salas, de forma que el espectador puede participar más de cerca de aquello que ve.

Lo cierto es que al final el sentido de ir a visitar un museo es también el de la contemplación e incluso la meditación, sensaciones conseguidas gracias al silencio sepulcral, a la iluminación y al visionado de obras distintas que hacen viajar al espectador por personalidades lejanas y tiempos pasados. Por eso, desde los gobiernos y la dirección de los museos deberían surgir los intentos para hacer llegar este sentimiento de contemplación (que podría apelarse de positivo) a la mayor parte de sociedad, ya que normalmente son instituciones públicas. Preguntarse cómo abrir las puertas de los museos para transformarlos más bien en un centro social en vez de en un palacio para unos pocos.

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Pina, de Wim Wenders

Cuando supe que Wim Wenders iba a estrenar una película documental sobre Pina Bausch no pude más que iniciar la cuenta atrás hasta el día del estreno. Wim Wenders es para mí uno de los directores actuales más poéticos y con una imagen más perfeccionada, y que él (no podía ser otro) hiciera una película sobre Pina Bausch, la coreógrafa expresionista por excelencia, suponía la combinación perfecta para un film lleno de emociones.

Además, la hizo en 3D, y sin quererlo se convirtió en la primera película en 3D que veo. Al salir del cine pensé: éste ha sido un momento histórico, seguramente siempre contaré que mi primera película en tres dimensiones fue Pina.

Es increíble que un documental sin apenas diálogo consiga mantenerte pegado a la butaca y casi sin pestañear. Las imágenes están pensadas, cada plano y enfoque, y son de una belleza indescriptible. Además, acerca la danza contemporánea al público, un arte que a menudo tiene la etiqueta de poco comprensible. Esto es gracias a Pina Bausch y su danza-teatro, con la que conseguía llegar al espectador hablándole de sentimientos, de cosas que todos y todas hemos vivido. De ahí a que Dario Grandinetti en Hable con ella suelte esas lágrimas tan bien soltadas viendo Café Müller, una de las obras más importantes de Pina Bausch.

En fin, que la recomiendo encarecidamente, que es una obra de arte la mires por donde la mires, y que consigue algo que no todas las películas pueden: hacerte soñar. Si algo le pido en ocasiones al arte, es ese empujón a la inspiración, a la ensoñación o simplemente a pensamientos algo remotos. Con Pina viajas, te transportas a un mundo irreal. Y sientes.

Para ver el trailer de Pina, haz click aquí.