Archivos Mensuales: octubre 2011

En la planta 3 del MACA

En Alicante no paran de haber buenas intenciones para crear una ciudad cosmopolita, dinámica y con vida cultural. Al menos en apariencia. Sin embargo, algo falla en las bases, en lo más profundo de la concepción de esa ciudad cultural.
El MACA (Museo de Arte Contemporáneo de Alicante) un miércoles a las 7 de la tarde estaba vacío. Sólo me crucé con una persona en todo el itinerario, y claro, nos tuvimos que sonreir. Sufría por los que vigilaban las salas, que se leerán por lo menos un libro cada día. Tal vez el problema es que en una ciudad donde nunca ha habido nada, no pueden surgir de repente demasiadas cosas: la gente se abruma y decide quedarse en casa. Además, faltan contenidos, investigación del territorio, saber qué busca la gente, qué espera, qué necesita. Pero había demasiada prisa, así que se hizo una gran obra, un Museo de Arte Contemporáneo de Alicante, situado donde antes estaba el entrañable Museo de La Asegurada. Todo se hizo rápido y sin hacer demasiado ruido. Tan poco ruido hicieron que hay alicantinos que todavía no saben qué es el MACA. Sí, algo falla.

El museo tiene buenas intenciones, repito, pretende rabiosamente ser un museo de arte contemporáneo de una capital de provincia. Pero se queda en la simple exhibición de obras, y en la proyección de películas los jueves con temáticas algo dispares. Ése es el problema quizás, se queda demasiado en la superficie. Comparémoslo con el MUSAC, en León, aunque las comparaciones son odiosas, pero en este caso lo merece. El MUSAC es un museo concebido para experimentar, para innovar, para investigar. Es transgresor y se arriesga, las cosas están bien hechas, con sensibilidad. Habría que ver los prespuestos de los que dispone cada museo, y el MACA lleva mucho menos tiempo que el MUSAC, le daremos tiempo, aunque tal y como se hacen las cosas en esta ciudad, siento decir que no espero mucho. Ojalá me equivoque.

La visita al MACA es rápida, son tres plantas más la baja, la colección no es muy extensa, y hay alguna obra interesante. Lo más emocionante que me pasó fue en la tercera planta. Después de recorrer las otras tres salas en el más profundo silencio y soledad (sólo me crucé con las vigilantes, y al único visitante que ví fue a la salida), llegué a la cuarta y última. Allí el vigilante era un hombre, que parecía absorto en sus pensamientos. De repente, cuando me acercaba hacia una esquina de la sala donde había obras de Sempere, el vigilante se levantó y se acercó a mí decididamente poniéndose un guante de látex. No entendía qué pasaba, pensé que era el fin, pero entonces con esa mano envuelta en látex se dispuso a mover algunas de las esculturas y “esculpinturas” de la sala. Vaya, eso era otra cosa, el efecto y el sonido transformaba mucho la percepción. Igual ahí reside el verdadero problema: que para llegar al clímax de la experiencia sensorial como espectadora, tenga que haber alguien con guante de látex, lo cual refleja una vez más el alejamiento entre arte y espectador.

A destacar, la escultura de Kiki de Montparnasse, obra de Pablo Gargallo, en la fotografía.